El Licenciado Esparragoza

ImagenCualquier venezolano que tenga un poco mas de 30 años y disfrutaba de la televisión en aquellos tiempos, recordará al famoso comediante Joselo (José Díaz), quien en los años ochenta personificaba, entre varios personajes, al Licenciado Esparragoza. Para quienes no lo recuerden, el Licenciado Esparragoza era un ‘respetado’ abogado y trabajador de un ente publico reconocido, quien llegaba a las fiestas y reuniones muy bien vestido, de forma muy amable, sobrio, respetuoso e incapaz de romper un vaso de cristal o un plato de vidrio. Se negaba a tomar alguna copa de vino o de alcohol, pues tenia ‘mala bebida’. Pero como siempre, algún adulador, amigo o mesonero, le invitaba a tomar solo un tragito. Después de un rato, teniendo mas de un trago encima, el Licenciado Esparragoza cambiaba completamente de personalidad, viéndosele con la chaqueta o paltó medio puesto, todo despeinado y con los ojos bien desorbitados. Y por supuesto, se vuelve grosero, insolente, tremendo y no deja ni un solo trago tranquilo. Se bebe hasta el agua del florero y termina acabando con todo, hasta con la fiesta.

¿Cuántos Esparragoza conocemos hoy, que son incluso nuestros amigos? ¿Nosotros mismos no hemos en alguna oportunidad dicho que ‘de esta agua no beberé’, y al final terminamos haciendo lo contrario? ¿Cuántas veces hemos puesto la cómica cuando terminamos haciendo lo que prometimos no hacer?, como dice un canal de cable, sucede en  el cine, sucede en la televisión, y también en la vida real.

Por ejemplo, en nuestro trajinar, cuando el patrono nos dice que nos pagará parte de nuestra deuda después de semana santa, y al final termina diciendo que será antes de julio. Cuando un compañero de trabajo, se envalentona gracias a una o dos cervecitas, para reprocharte ‘ciertas’ actitudes o ‘errores’ hacia él. Cuando terminamos en el bar o discoteca que prometimos nunca pisar. Cuando terminamos prestándole dinero a un amigo vicioso y mala paga.

Tendríamos entonces que concluir, que si tenemos problemas para mantener nuestra palabra (y la boca cerrada) delante de ciertas circunstancias y personas, especialmente en reuniones sociales, es mejor no actuar y dejar que otro ponga la ‘cómica’.

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